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Opinión

La salud mental adolescente: el puente que dejamos caer: Dr. Alejandro Di Grazia Rao

En los últimos años se ha vuelto evidente que algo profundo se está fracturando en la vida emocional de los adolescentes. No se trata únicamente de rebeldía, cambios hormonales o “etapas normales”, como durante décadas se quiso simplificar. Hoy hablamos de ansiedad, depresión, conductas autolesivas, ideación suicida, aislamiento y una sensación de vacío que aparece cada vez a edades más tempranas. La salud mental adolescente dejó de ser un tema marginal para convertirse en un problema de salud pública que interpela a la familia, a la escuela y a la sociedad en su conjunto.

Las cifras confirman lo que desde el consultorio y las aulas se observa a diario. En México, organismos nacionales e internacionales señalan que entre el 15 y el 20 por ciento de los adolescentes presenta algún problema de salud mental, y que más de la mitad de los trastornos psicológicos inicia antes de los 14 años. A pesar de ello, solo una minoría recibe atención especializada. El problema no es solo la falta de servicios, sino la dificultad para reconocer que algo no está bien y que no todo se resuelve con disciplina, castigo o indiferencia.

En Tlaxcala, esta realidad adquiere matices particulares. Se trata de un estado con una alta proporción de población joven y adolescente, y con brechas importantes en el acceso a servicios de salud mental. Estudios locales y reportes institucionales han mostrado un aumento significativo de síntomas depresivos y ansiosos en adolescentes, especialmente después de la pandemia, sin que exista una red suficiente de atención psicológica y acompañamiento familiar. La demanda crece, pero el sistema —y muchas veces el entorno inmediato— no alcanza a responder.

Sin embargo, reducir la crisis adolescente a la falta de psicólogos o a carencias institucionales sería una lectura incompleta. Existe un elemento menos visible, pero profundamente determinante: el deterioro del vínculo entre padres e hijos. Muchos adolescentes no se sienten escuchados, comprendidos ni emocionalmente disponibles para dialogar. Del otro lado, muchos padres se perciben desautorizados, desbordados o desconectados de un mundo que ya no entienden. Entre ambos, el diálogo se va llenando de silencios, reproches y malentendidos.

Ese puente roto no siempre se rompe por falta de amor, sino por falta de presencia emocional. Padres que proveen, pero no acompañan; adolescentes que gritan con su conducta lo que no pueden decir con palabras. La comunicación se vuelve funcional, instrumental, centrada en el rendimiento escolar o en la conducta, pero vacía de contenido afectivo. Cuando la emoción no tiene lugar en la conversación familiar, termina buscando salida en el síntoma.

A esto se suma un contexto cultural que exige resultados inmediatos, éxito temprano y una felicidad constante que no admite fragilidad. Muchos adolescentes cargan con expectativas que no eligieron y con miedos que no saben cómo nombrar. En ese escenario, el adulto que solo corrige o minimiza se vuelve una figura lejana, y la casa deja de ser un espacio de contención para convertirse en otro lugar de exigencia o juicio.

La pregunta incómoda no es qué les pasa a los adolescentes, sino qué estamos dejando de ver los adultos. Qué tanto escuchamos sin interrumpir, qué tanto validamos sin justificar, qué tanto acompañamos sin controlar. La crisis de salud mental juvenil no surge en el vacío; se gesta en relaciones donde el diálogo se perdió, donde el tiempo compartido fue sustituido por pantallas y donde el afecto se da por supuesto, pero no se expresa.

Tal vez el verdadero desafío no sea “arreglar” a los adolescentes, sino atrevernos a revisar el tipo de adultos que estamos siendo. Reconstruir el puente implica detenerse, incomodarse y aceptar que muchas respuestas no están en manuales ni en diagnósticos rápidos. La salud mental de nuestros jóvenes nos está hablando. La pregunta es si estamos dispuestos, como sociedad y como familias, a escuchar antes de que el silencio se vuelva definitivo.

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