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Opinión

Cuando la vida pide una revisión entre los 45 y 65 años: Dr. Alejandro Di Grazia

Entre los 45 y los 65 años ocurre algo que pocas veces se habla con claridad: la vida comienza a pedir una revisión. No es una crisis obligatoria ni un colapso inevitable, pero sí un periodo en el que muchas certezas se reacomodan. Lo que antes parecía urgente pierde intensidad y lo que fue postergado durante décadas empieza a reclamar atención. No se trata solo de edad; se trata de conciencia.

En esta etapa se cruzan varios movimientos internos. Por un lado, aparece la evaluación de lo logrado: trabajo, familia, estabilidad, reconocimiento. Por otro, emerge la pregunta incómoda por lo que no fue. Los sueños aplazados, las decisiones tomadas por responsabilidad más que por deseo y los caminos que nunca se exploraron comienzan a ocupar espacio mental. La comparación ya no es con otros, sino con la versión que alguna vez se imaginó de sí mismo.

A nivel social, esta franja de edad suele ubicarse en un punto de máxima exigencia. Se espera productividad sostenida, liderazgo, fortaleza emocional y capacidad de resolver. Sin embargo, internamente pueden coexistir cansancio, dudas y una sensación de estar en una etapa de transición. Mientras el entorno sigue demandando eficiencia, la persona puede estar preguntándose silenciosamente por el sentido.

También cambian los vínculos. Los hijos crecen o se van, la relación de pareja entra en una fase distinta, los padres envejecen o ya no están. La estructura que sostuvo durante años comienza a transformarse. Estos movimientos generan una mezcla de libertad y vacío. Hay más espacio personal, pero no siempre se sabe qué hacer con él.

En el plano psicológico, este periodo suele activar una revisión identitaria. ¿Quién soy más allá de mi rol laboral? ¿Qué queda de mí cuando ya no soy indispensable en la crianza? ¿Qué deseo para los años que siguen? No son preguntas dramáticas, pero sí profundas. Ignorarlas puede traducirse en irritabilidad, apatía, decisiones impulsivas o intentos por recuperar una juventud idealizada.

La cultura suele etiquetar esta etapa como “crisis de la mediana edad”, reduciéndola a cambios superficiales o conductas extravagantes. Sin embargo, lo que muchas veces ocurre es un ajuste interno necesario. Es el momento en que la vida invita a integrar experiencia con autenticidad, responsabilidad con deseo, estabilidad con propósito. No es un derrumbe; es una oportunidad de recalibración.

Quienes atraviesan este periodo pueden experimentar una tensión entre lo que han construido y lo que aún quieren vivir. Algunos optan por negar cualquier incomodidad y seguir en automático. Otros se permiten revisar, cuestionar y redefinir prioridades. La diferencia no está en la edad, sino en la disposición a mirarse sin autoengaño.

Porque entre los 45 y los 65 años la pregunta no es cuánto tiempo queda, sino qué estás dispuesto a cambiar, aceptar o transformar antes de que la vida siga avanzando sin que hayas hecho esa revisión pendiente.

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