Aún en el dolor, en la mente de María del Carmen bulle un recuerdo: “siempre me amó y me apoyó en todas mis locuras”.
Expresa en una breve charla con periodistas, en el último adiós de su esposo el exgobernador, Alfonso Abraham Sánchez Anaya.
De inmediato viene a la mente de los comunicólogos ese episodio que marcó la vida política de Tlaxcala.
La mayor de esas chaladuras fue la pretensión de heredarle el cargo, cuán si estuviera en una monarquía. Por eso la impulsó en 2004 como candidata a sucederlo en el Gobierno del Estado.
“Pudo más el corazón que la razón”, nos dijo Sánchez Anaya en una entrevista años después de aquella decisión que fue la puntilla a su proyecto de gobernar Tlaxcala durante las siguientes dos décadas.
Hoy, que es momento del adiós, la Hilaria tlaxcalteca, como la llamaba la prensa nacional, resume en esas diez palabras la viva vivida al lado de quien, por primera vez, quitó las siglas del PRI al gobierno de Tlaxcala para colocar las del PRD.
El comienzo de la alternancia le llaman algunos, aunque sean ramas del mismo árbol. Él, fue priista, como los demás que le han sucedido.
Martes 28 de julio, según las hojas del calendario. Es mediodía. Tañen las campanas del Santuario de San José en el centro de la ciudad de Tlaxcala para la misa de cuerpo presente del “güerito de rancho” como gustaba que le dijeran; la última.
El arroyo vehicular separa ese templo católico de Palacio de Gobierno, distante apenas unos pasos. Los dos edificios símbolos del poder: celestial y terrenal.
Allá, en el patio central de la sede del Poder Ejecutivo, terminó ya el homenaje póstumo por el exsenador que expiró dos días antes por una complicación respiratoria. Tenía 85 años de edad.
Ahí estuvieron algunos de quienes fueron sus colaboradores durante su mandato (1999-2005), los más leales.
La zacatecana Amalia García, otrora luchadora de la izquierda en México, hizo el viaje para despedir a su compañero de lucha.
Lorena Cuéllar encabezó el homenaje del excompañero, no de ahora en Morena, sino de años en el PRI, donde ambos hicieron carrera, se forjaron y disfrutaron las mieles del poder.
Mariano González Zarur también asiste, pese a la rivalidad de antaño; pudo más el compañerismo de aquellos años cuando fueron parte del equipo de don Emilio Sánchez Piedras quien, dicen, se planteó que sus pupilos, los más destacados, fueran gobernadores.
Ausentes, José Antonio Álvarez Lima, Beatriz Paredes y Héctor Israel Ortiz, ramas del mismo árbol tricolor que tantos frutos dio.
Afuera, una multitud de gente del pueblo, esa que tanto se identificó con Alfonso, también le rinde culto. Hay quien dice que, quizá, es el exgobernador más querido de cuantos han pasado por la silla de palacio.
Uno que otro no pierde oportunidad para tomarse una foto con los dolientes. En medio del dolor, el oportunismo también pasa lista de presente en estos tiempos políticos cercanos a la sucesión.
El féretro de caoba avanza de un edificio a otro sobre los hombros de seis policías estatales.
Un grupo de mariachis desgrana la letra de “El Rey”, canción del inolvidable guanajuatense José Alfredo Jiménez…
Una piedra del camino
me enseñó que mi destino
era rodar y rodar
(Rodar y rodar)
(Rodar y rodar)
Después me dijo un arriero
Que no hay que llegar primero
Pero hay que saber llegar…
Los acordes de tan icónica interpretación no ensordecen la voz de María del Carmen Ramírez García, quien recuerda con diez palabras a su compañero de vida.
De luto riguroso, la consorte del creador del Instituto Estatal de la Mujer, esboza una breve sonrisa cuando confiesa a un grupo de reporteros que Alfonso Abraham “siempre me amó y me apoyó en todas mis locuras”.
Ella, quien en 2004 puso en jaque a su esposo, al propio gobierno del estado, al PRD…a muchos, en su afán por pasar de primera dama a titular del Poder Ejecutivo.
Aquel año cercano a la sucesión del primer gobernador de la alternancia en Tlaxcala, la dirigencia nacional del PRD, en el que militaba el matrimonio, se oponía rotundamente a esa locura.
Quienes integraban el gabinete también la rechazaban, no veían con buenos ojos que ella participara como candidata al gobierno del estado.
El conflicto llegó a tribunales, donde el matrimonio Sánchez Anaya-Ramírez García se enfrentó a colaboradores cercanos al gobernador; el principal, Gelacio Montiel, quien ya se veía apoltronado en la silla del poder.
Por esos días, en México la historia de las primeras damas causaba revuelo: Martha Sahagún, esposa del mandatario panista Vicente Fox, a más de uno había dicho que soñaba con ser “la señora presidenta”.
Quién sabe si esa pretensión envalentonó o inspiró a la primera dama de Tlaxcala, en ese tiempo senadora de la República, a ser gobernadora, pero sus anhelos causaron algo más que escozor en el llamado círculo rojo porque representaban la antesala para abrir la posibilidad a que Martita llegara a la presidencia.
Por eso se dijo que Tlaxcala era el laboratorio político de México. Algunos opinaban que, de hecho, ya lo había sido con la elección del propio Sánchez Anaya, quien abrió el camino rumbo a la alternancia.
Maricarmen Ramírez recurrió a la justicia federal: a defender “su” candidatura. Y ganó el derecho a contender por la gubernatura.
Pero el tiempo la venció. Tuvo escaso un mes para hacer campaña. Insuficiente. “Ignoraba yo aún, que el tiempo es oro; cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo”, acaso cantaría el poeta y periodista Renato Leduc.
Hoy, tiempo después, Maricarmen y Gelacio se vieron otra vez las caras. Las exequias de Alfonso Abraham, el hombre que los distanció y frustró sus proyectos políticos personalísimos, fueron motivo de reencuentro, aunque sea efímero.
Un fugaz saludo de apenas cinco segundos bastó para revivir esos tiempos de confrontación por la disputa en tribunales de la candidatura perredista al gobierno del estado.
La historia marcó el rumbo: ella fue candidata, ni modo de vulnerar sus derechos en tiempos en que del nepotismo no se hablaba, al menos no como ahora que hasta está prohibido.
El día de la contienda, en las urnas, la Hilaria tlaxcalteca, sintió el rechazo de los tlaxcaltecas: no pudo refrendar el éxito de su esposo y perdió frente al expriista Héctor Ortiz…postulado por el PAN.
Ni porque su esposo, el médico veterinario de profesión, movió a todo el aparato del Estado, fue suficiente para hacerla ganar. Cayó hasta el tercer lugar. Fue una derrota por demás estrepitosa.
De nada sirvió que Alfonso Abraham quisiera ponerle el último clavo al ataúd del PRI, como lo dijo en alguna ocasión. Más bien esa derrota fue la primera palada de tierra a la tumba del PRD que ya no reeditar una nueva versión de la resurrección de Lázaro.
Un lustro después de esa derrota (“sabia virtud de conocer el tiempo”, dixit Renato Leduc), el “güerito de rancho” confesaría en una entrevista que, en efecto, apoyó a su esposa María del Carmen en todas sus locuras. Imponerla como candidata fue una de esas; quizá la peor de todas sus decisiones porque el proyecto dinástico se vino abajo.
Se sinceró al aceptar que la postulación de su esposa para sucederlo en el cargo fue equivocada: “el error fue de Sánchez Anaya…de nadie más”.
Veinte años después, en otra entrevista, confesó una parte de esa decisión: “pudo más el corazón que la razón…fue por amor”.
Por algo María del Carmen Ramírez García recuerda ahora que el sobrino del exgobernador Emilio Sánchez Piedras “siempre me amó y me apoyó en todas mis locuras”.
Decía el premio Nobel Gabriel García Márquez que “el poder -como el amor- es de doble filo: se ejerce y se padece”: es la historia de Alfonso Abraham y María del Carmen.
Que se escuchen otra vez “Las Golondrinas”…
