385 Grados
Opinión

Promete cambiar y no cambia: Dr. Alejandro Di Grazia

“Te prometo que voy a cambiar”. Pocas frases tienen tanto poder dentro de una relación deteriorada. Aparece después de una discusión, una mentira, una ausencia, una infidelidad, un episodio de violencia o simplemente después de años de repetir aquello que lastima. Quien la escucha quiere creerla porque todavía ama, porque conserva esperanza o porque necesita pensar que esta vez será diferente. Y durante algunos días, quizá lo parece. Hasta que todo vuelve a comenzar.

Desde la psicología, cambiar no es lo mismo que arrepentirse. Una persona puede sentirse sinceramente culpable después de haber lastimado a alguien y, aun así, no modificar su comportamiento. Puede llorar, pedir perdón y estar convencida en ese momento de que nunca volverá a hacerlo. Pero la intensidad del arrepentimiento no garantiza la profundidad del cambio. Sentir culpa ocurre en un instante; transformar una manera de relacionarse requiere conciencia, responsabilidad, esfuerzo y tiempo.

Por eso hay relaciones atrapadas en un ciclo conocido: ocurre algo que lastima, aparece el conflicto, llega la amenaza de separación y entonces surge la promesa. Después viene un periodo de calma, cercanía e incluso esperanza. Parece que finalmente algo cambió. Pero poco a poco regresan las mismas conductas y comienza nuevamente la historia. Lo preocupante no es solamente la repetición, sino que cada vuelta del ciclo puede ir desplazando un poco más aquello que estamos dispuestos a tolerar.

También existe una pregunta incómoda para quien permanece esperando. ¿Por qué seguimos creyendo en una promesa que los hechos contradicen una y otra vez? No siempre es ingenuidad. A veces reconocer que el otro probablemente no cambiará nos obligaría a tomar decisiones que no estamos preparados para enfrentar. Mientras exista una nueva promesa, podemos aplazar esa decisión. La esperanza puede sostener una relación, pero también puede convertirse en la forma más sofisticada de evitar una realidad dolorosa.

Hay además una confusión frecuente entre amar a alguien y amar su potencial. Nos relacionamos con la persona que tenemos delante, pero emocionalmente apostamos por quien imaginamos que podría llegar a ser. “Cuando madure”, “cuando deje de beber”, “cuando controle su carácter”, “cuando aprenda a comprometerse”. Y así pueden pasar años construyendo una relación con una versión futura del otro que nunca termina de llegar.

Un cambio verdadero no necesita anunciarse permanentemente porque comienza a observarse. Aparece en conductas distintas, en decisiones sostenidas, en responsabilidad frente al daño causado y, sobre todo, en la capacidad de hacer algo diferente cuando vuelve a presentarse la misma situación. No significa que no existan retrocesos, pero sí que existe un proceso reconocible. Cuando únicamente cambian las palabras y los hechos permanecen intactos, probablemente no estamos frente a una transformación, sino frente a otra promesa.

Esto adquiere todavía mayor importancia cuando existen humillación, control, agresiones o cualquier forma de violencia. En esos casos, la promesa de cambio no debe utilizarse para minimizar el riesgo ni para responsabilizar a quien la recibe por permanecer o marcharse. Comprender psicológicamente una conducta jamás significa justificarla. Hay situaciones en las que esperar indefinidamente una transformación puede significar continuar expuesto al daño.

Tal vez después de escuchar tantas veces “voy a cambiar”, la pregunta ya no debería dirigirse solamente hacia quien lo promete. También necesitamos preguntarnos ¿cuántas veces más estamos dispuestos a creer en las palabras de alguien cuando su conducta lleva demasiado tiempo respondiéndonos algo completamente distinto?

Related posts

Papá e hijo; las conversaciones que dejamos para después: Dr. Alejandro Di Grazia

admin

Los jóvenes son transformación y revolución cívica: Vicente Morales Pérez

admin

Redes Sociales en la Política Tlaxcalteca: Entre la Simulación y la Autenticidad

admin

Leave a Comment