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Opinión

El 15 de septiembre: la psicología de las masas en una celebración multitudinaria: Dr. Alejandro Di Grazia

Cada 15 de septiembre ocurre algo que va mucho más allá de una celebración cívica. Miles de personas se reúnen en plazas públicas, calles y hogares para participar de un ritual colectivo que se repite generación tras generación. Banderas, música, comida, colores, gritos y símbolos producen durante algunas horas una experiencia compartida difícil de explicar únicamente desde la historia. También existe una dimensión psicológica: cuando formamos parte de una multitud, nuestra manera de sentir, pensar y comportarnos puede modificarse.

El ser humano necesita pertenecer. Desde nuestros primeros grupos familiares hasta las comunidades que construimos en la vida adulta, una parte importante de nuestra identidad surge de aquello que compartimos con otros. Las celebraciones multitudinarias potencian precisamente esa experiencia. Durante el Grito de Independencia, personas que probablemente nunca volverán a encontrarse cantan juntas, responden a las mismas consignas y se reconocen momentáneamente como integrantes de un mismo grupo. El desconocido deja, por unos instantes, de ser completamente desconocido.

Desde la psicología social sabemos que las emociones también pueden propagarse dentro de los grupos. La alegría, la euforia, el entusiasmo e incluso la tensión aumentan cuando observamos esas mismas emociones en quienes nos rodean. Por eso una plaza llena puede producir sensaciones muy diferentes a observar la misma ceremonia desde casa. No solamente estamos presenciando un acontecimiento: estamos reaccionando emocionalmente junto con cientos o miles de personas.

En Tlaxcala, como ocurre en numerosas comunidades de México, esta experiencia adquiere además un significado de identidad. La plaza, el municipio, la familia y los símbolos patrios se encuentran en una misma noche. Personas de distintas edades comparten un ritual aprendido desde la infancia. Los niños observan a los adultos, los adultos recuerdan celebraciones anteriores y las generaciones construyen una memoria colectiva. La celebración no solamente recuerda un acontecimiento histórico; también confirma una sensación de pertenencia.

Pero las multitudes tienen otra cara que conviene comprender. Cuando estamos rodeados de muchas personas puede disminuir nuestra percepción individual de responsabilidad. Hacemos cosas que probablemente no haríamos solos porque observamos que los demás también las hacen. La euforia puede facilitar conductas impulsivas, el consumo excesivo de alcohol puede disminuir todavía más el autocontrol y una pequeña provocación puede extenderse rápidamente dentro de un grupo. La multitud no convierte automáticamente a las personas en violentas, pero sí puede modificar las condiciones en las que toman decisiones.

Algo semejante ocurre con nuestra identidad individual. Durante unas horas dejamos parcialmente de ser únicamente “yo” para convertirnos en “nosotros”. Ese cambio puede producir solidaridad, alegría y cooperación, pero también puede favorecer respuestas menos reflexivas cuando sentimos que actuamos respaldados por el grupo. Comprenderlo no significa mirar con sospecha una celebración popular, sino reconocer que nuestra conducta siempre está influida por el contexto social en el que ocurre.

Quizá por eso las fiestas patrias siguen teniendo tanta fuerza emocional. En una sociedad atravesada por diferencias políticas, económicas y sociales, existe una noche en la que millones de personas realizan prácticamente el mismo ritual. No desaparecen nuestras diferencias ni nuestros problemas, pero durante algunos momentos experimentamos algo que cotidianamente resulta más difícil: sentir que pertenecemos a una historia común.

Este 15 de septiembre, entre el ruido, las banderas y el tradicional “¡Viva México!”, quizá valga la pena observar también lo que sucede dentro de nosotros. Y preguntarnos: si somos capaces de sentirnos parte de un mismo país durante una noche, ¿qué nos impide reconocernos como parte del mismo “nosotros” cuando termina la celebración y volvemos a encontrarnos en la vida cotidiana?

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