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Opinión

Terminó mi relación… ¿y ahora qué sigue?: Dr. Alejandro Di Grazia

Cuando una relación termina, la primera reacción suele ser intentar entender qué pasó. Se revisan conversaciones, decisiones, errores propios y ajenos. Sin embargo, después del impacto inicial, aparece algo menos visible y más difícil de nombrar: la desorientación. No solo se pierde a la pareja; se pierde una rutina, un proyecto, una identidad compartida y una forma conocida de estar en el mundo. El “ya no somos” deja un vacío que no siempre sabemos cómo habitar.

Muchas personas describen este momento como una sensación de estar suspendidas. No están donde estaban antes, pero tampoco saben hacia dónde ir. El tiempo se vuelve extraño, las decisiones pequeñas pesan más de lo habitual y el silencio se experimenta con una intensidad incómoda. La ruptura no solo duele por la pérdida del otro, sino porque confronta con la pregunta de quién se es cuando el vínculo deja de definirnos.

En este periodo es común buscar alivio inmediato. Algunas personas se apresuran a iniciar otra relación, otras se refugian en la hiperactividad, el trabajo excesivo o el entretenimiento constante. No se trata necesariamente de elecciones conscientes, sino de intentos por no sentir. El problema aparece cuando el movimiento reemplaza al proceso y la urgencia tapa la reflexión. No todo avance es elaboración; a veces solo es huida.

La desorientación posterior a una ruptura también pone en evidencia patrones relacionales. Aquello que se repite, lo que se tolera, lo que se evita y lo que se busca con insistencia vuelve a aparecer con claridad. Sin la pareja como espejo cotidiano, quedan expuestas las propias carencias, expectativas y miedos. Es un momento fértil, pero también incómodo, porque obliga a mirar sin el filtro del vínculo.

En una sociedad que valora la rapidez y la autosuficiencia, el duelo por una relación suele vivirse en soledad. Se espera que la persona “supere”, “aprenda” y “siga adelante” en poco tiempo. Pero los procesos emocionales no obedecen a calendarios externos. Forzar el cierre sin haber transitado la pérdida suele llevar a decisiones impulsivas que, con el tiempo, reproducen el mismo malestar en nuevos escenarios.

La pregunta no es solo cuánto duró la relación o por qué terminó, sino qué se hace con lo que queda después. El final de un vínculo deja restos emocionales: heridas abiertas, aprendizajes incompletos, deseos no resueltos. Ignorarlos no los elimina; simplemente los traslada a la siguiente relación, donde suelen reaparecer con mayor fuerza y menor conciencia.

Este momento de quiebre puede convertirse en un punto de inflexión o en un eslabón más de una cadena repetida. Todo depende de la disposición a detenerse, a tolerar la incomodidad de no tener respuestas inmediatas y a revisar la propia manera de vincularse. No es un proceso cómodo, pero sí profundamente revelador.

Porque cuando una relación termina, lo verdaderamente decisivo no es solo lo que se perdió, sino qué eliges hacer con ese vacío antes de volver a compartirlo con alguien más.

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