En la vida cotidiana es cada vez más común encontrar parejas que “funcionan”: trabajan, pagan cuentas, organizan la casa, crían hijos y sostienen una rutina aparentemente estable. Desde fuera, cumplen con lo esperado. Sin embargo, cuando se observa con mayor profundidad, muchas de estas relaciones están emocionalmente vacías. No hay diálogo genuino, no hay contacto afectivo real, no hay intimidad emocional. Funcionan en lo operativo, pero fracasan en lo vincular.
Este analfabetismo emocional no significa falta de inteligencia ni de buenas intenciones. Se trata de la incapacidad para reconocer, nombrar, expresar y escuchar las propias emociones y las del otro. En muchas parejas, el conflicto no es la falta de amor, sino la imposibilidad de comunicarlo de forma sana. Se habla de pendientes, de responsabilidades y de problemas, pero casi nunca de miedos, frustraciones, soledad o necesidad de cercanía.
Diversos estudios en salud mental señalan que la insatisfacción conyugal está estrechamente relacionada con dificultades en la comunicación emocional y con altos niveles de estrés, ansiedad y depresión. En México, las encuestas sobre bienestar emocional muestran que una proporción importante de adultos vive relaciones de pareja marcadas por el distanciamiento afectivo, aunque continúan juntas “por los hijos”, por la costumbre o por miedo a la ruptura. La estabilidad aparente muchas veces oculta un profundo desgaste emocional.
En contextos como Tlaxcala, donde la vida familiar sigue teniendo un peso cultural significativo, estas dinámicas suelen normalizarse. Parejas que ya no se escuchan, que evitan el conflicto o que solo se comunican a través del reclamo, aprenden a convivir en silencio. La rutina reemplaza al encuentro y el cansancio sustituye al diálogo. No hay grandes crisis visibles, pero sí una desconexión progresiva que se vuelve parte del día a día.
El problema es que el analfabetismo emocional no se queda solo en la pareja. Se filtra en la crianza, en la forma de resolver conflictos y en el modelo de vínculo que se transmite a los hijos. Niños y adolescentes crecen observando relaciones donde no se hablan las emociones, donde el afecto no se nombra y donde el malestar se reprime o se descarga de manera disfuncional. La pareja se convierte así en una escuela silenciosa de desconexión emocional.
Muchas parejas confunden ausencia de conflicto con bienestar. “No peleamos” se vuelve sinónimo de “estamos bien”, cuando en realidad puede significar evitación, resignación o miedo a confrontar. La falta de discusiones no garantiza salud emocional; en ocasiones, es solo evidencia de que ya no hay energía para intentar entenderse. El vínculo se sostiene, pero se enfría.
Lo más preocupante es que este tipo de relación suele mantenerse durante años sin ser cuestionada. Se aprende a vivir juntos sin estar juntos emocionalmente. Se comparte el espacio, pero no la experiencia interna. Y cuando aparece el síntoma —infidelidad, violencia, depresión o ruptura abrupta— suele sorprender, como si nada hubiera anunciado el desgaste previo.
Si una pareja puede funcionar sin mirarse, sin escucharse y sin sentirse, la pregunta no es cuánto tiempo puede durar así, sino qué costo emocional están dispuestos a pagar por seguir juntos sin realmente encontrarse.
