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Opinión

Siempre para todos… ¿y para ti cuándo? Dr. Alejandro Di Grazia

Hay personas que siempre están disponibles. Son quienes escuchan cuando alguien necesita hablar, quienes acompañan en momentos difíciles, quienes resuelven problemas ajenos incluso antes de que se les pida ayuda. En muchas familias, trabajos y grupos sociales existe al menos una persona que parece sostener a los demás. Su presencia transmite seguridad y su disposición genera confianza. Sin embargo, detrás de esa aparente fortaleza suele esconderse una pregunta silenciosa: ¿quién está para esa persona cuando necesita algo?

Desde lo social, solemos valorar mucho a quienes cumplen este rol. Se les considera generosos, responsables, confiables. En apariencia, son el ejemplo de lo que significa ser solidario. Pero pocas veces nos detenemos a observar el costo emocional de esa posición permanente de disponibilidad. Cuando alguien se acostumbra a estar siempre para los demás, su propio espacio interno comienza a reducirse sin que necesariamente lo note.

Psicológicamente, esta forma de vincularse puede tener raíces profundas. Algunas personas aprendieron desde temprano que su valor estaba asociado a cuidar, ayudar o resolver. Ser necesarios se convirtió en una forma de pertenecer. Con el tiempo, esa dinámica se vuelve parte de la identidad. Decir que sí resulta más natural que poner un límite, incluso cuando el cansancio emocional ya está presente.

El problema no es ayudar ni acompañar. El problema aparece cuando la relación con los otros se construye desde una entrega constante que no deja espacio para el propio bienestar.

Muchas personas que sostienen a todos terminan desconectadas de sus propias necesidades. No es que no las tengan; es que dejaron de preguntarse por ellas.

Con frecuencia, quienes viven así tampoco se permiten mostrarse vulnerables. Han ocupado durante tanto tiempo el lugar del que resuelve que expresar cansancio o pedir apoyo les resulta incómodo. En lugar de compartir lo que sienten, continúan funcionando. El resultado suele ser una mezcla de agotamiento silencioso y la sensación de que, a pesar de estar rodeados de gente, hay algo de soledad que no se nombra.

En una cultura que premia la productividad y la disponibilidad permanente, este patrón se refuerza fácilmente. Se espera que la persona siga cumpliendo su rol de sostén sin detenerse demasiado a pensar en sí misma. Mientras todo funcione, nadie pregunta demasiado. El reconocimiento llega por lo que se hace por los demás, no por lo que se necesita como individuo.

Pero el equilibrio emocional no puede sostenerse indefinidamente desde un solo lado. Cuando alguien se acostumbra a postergarse de manera constante, tarde o temprano aparece el desgaste: irritabilidad, desmotivación, sensación de vacío o dificultad para disfrutar aquello que antes resultaba significativo. El cuerpo y la mente terminan señalando lo que durante mucho tiempo fue ignorado.

Quizá la pregunta más honesta no sea cuánto haces por los demás, sino en qué momento decidiste que todos merecían tu atención menos tú mismo, y cuánto tiempo más estás dispuesto a seguir viviendo de esa manera.

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