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Opinión

Miedo al juicio de los demás: Dr. Alejandro Di Grazia

Hay personas que no viven como quieren, sino como creen que serán mejor aceptadas. Antes de tomar una decisión imaginan las opiniones que provocará. Antes de hablar calculan quién podría molestarse. Antes de cambiar de trabajo, terminar una relación, vestirse de cierta manera o simplemente decir lo que piensan aparece una pregunta silenciosa: “¿qué van a decir de mí?”. Y sin darse cuenta, terminan viviendo frente a un tribunal que muchas veces solamente existe dentro de su propia cabeza.

El miedo al juicio de los demás no nace únicamente de inseguridad. Desde pequeños aprendemos que pertenecer importa. La aprobación de nuestros padres, maestros y grupos significativos nos ayuda a construir una imagen de nosotros mismos. El problema aparece cuando aprendemos que para ser queridos necesitamos cumplir determinadas expectativas: portarnos bien, no decepcionar, no incomodar, no equivocarnos o convertirnos en aquello que los demás esperan.

Entonces desarrollamos una especie de vigilancia permanente sobre nosotros mismos. Revisamos lo que dijimos después de una reunión, pensamos si alguien interpretó mal nuestro comentario, observamos cuántos reaccionaron a una publicación o nos preguntamos por qué determinada persona dejó de hablarnos. No siempre estamos relacionándonos con los demás; muchas veces estamos relacionándonos con lo que imaginamos que los demás piensan de nosotros.

Las redes sociales han amplificado esta experiencia. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de mostrar nuestra vida y, al mismo tiempo, de medir inmediatamente la respuesta que produce. Publicamos una fotografía y observamos reacciones. Compartimos una opinión y anticipamos críticas. Incluso podemos comenzar a seleccionar qué mostramos no por lo que representa nuestra vida, sino por la aceptación que esperamos recibir. La mirada ajena termina convirtiéndose en un espejo demasiado importante.

Pero existe una trampa todavía más profunda: cuando vivimos intentando evitar el juicio, comenzamos a abandonarnos. Decimos que sí cuando queríamos decir que no. Permanecemos en lugares donde ya no queremos estar. Callamos opiniones, ocultamos decisiones y postergamos proyectos. No porque alguien realmente nos lo haya prohibido, sino porque anticipamos la posibilidad de ser criticados. El miedo consigue así algo extraordinario: necesitamos cada vez menos que alguien nos controle porque aprendemos a controlarnos solos.

Por supuesto, vivir sin importar absolutamente nada de lo que piensen los demás tampoco sería necesariamente saludable. Somos seres sociales y necesitamos considerar cómo nuestras decisiones afectan a quienes nos rodean. Madurez emocional no significa indiferencia frente al otro. Significa distinguir entre escuchar una opinión y entregar a esa opinión el poder de definir nuestro valor, nuestras decisiones o nuestra identidad.

Además, hay una realidad que tarde o temprano necesitamos aceptar: hagamos lo que hagamos, alguien tendrá una opinión. Si hablamos, podrán considerarnos arrogantes; si callamos, distantes. Si ponemos límites, egoístas; si ayudamos demasiado, ingenuos. Intentar controlar todas las interpretaciones que los demás hacen de nosotros es una tarea imposible. Podemos responsabilizarnos de nuestras acciones, pero no administrar cada pensamiento que provocamos en quienes nos observan.

Tal vez la verdadera libertad psicológica no consista en dejar de sentir miedo al juicio, sino en dejar de organizar nuestra vida alrededor de él. Porque al final existe una pregunta mucho más importante que “¿qué van a pensar de mí?”: cuando mi vida haya pasado, ¿qué me dolerá más: haber sido juzgado por vivir como elegí o descubrir que viví como los demás esperaban para evitar que me juzgaran?

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