No hace falta una infidelidad, una gran mentira o una traición espectacular para destruir una relación de pareja. A veces basta con pequeñas conductas repetidas durante años. Interrumpir cuando el otro habla, responder con indiferencia, ridiculizar sus preocupaciones, dar por hecho su presencia o convertir cada desacuerdo en una competencia para demostrar quién tiene la razón. Las relaciones no siempre terminan por lo que ocurre un día; muchas se deterioran por aquello que ocurre todos los días y que nadie considera suficientemente grave como para detenerlo.
Una buena manera de echar a perder una relación consiste en dejar de tener curiosidad por la persona con la que vivimos. Creer que ya sabemos lo que piensa, lo que siente y lo que necesita. Suponer que porque llevamos diez, veinte o treinta años juntos ya no existe nada nuevo por descubrir. Entonces dejamos de preguntar y comenzamos a interpretar. El otro ya no es alguien a quien necesitamos conocer, sino alguien sobre quien creemos saberlo todo. Y pocas cosas producen tanta soledad como convivir con una persona que ha dejado de interesarse por nuestro mundo interior.
Otra estrategia extraordinariamente eficaz consiste en llevar la contabilidad de los errores. Recordar cada equivocación, conservar las discusiones antiguas y utilizarlas como pruebas cuando aparece un nuevo conflicto. Así, cualquier conversación sobre el presente termina convirtiéndose en un juicio sobre toda la historia de la relación. Ya no se discute lo que ocurrió ayer, sino lo que alguien hizo hace cinco años. La pareja deja de buscar soluciones y comienza a preparar argumentos para el siguiente enfrentamiento.
También podemos deteriorar una relación utilizando el silencio como castigo. No hablo de necesitar tiempo para tranquilizarnos antes de conversar, sino de retirar deliberadamente la palabra, el afecto o la cercanía para que el otro sienta nuestra desaprobación. Esta conducta puede producir obediencia momentánea, pero difícilmente construye intimidad. Cuando una persona aprende que expresar un desacuerdo puede costarle varios días de indiferencia, comienza a callar. Y una pareja donde uno deja de hablar para conservar la paz no necesariamente está viviendo en paz.
Existe otra forma menos evidente de destruir el vínculo: convertir a nuestra pareja en responsable de todas nuestras necesidades emocionales. Esperar que nos haga felices, nos dé seguridad, cure nuestras heridas anteriores, adivine nuestros deseos y confirme permanentemente nuestro valor. Entonces cualquier frustración se interpreta como una falla del otro. Olvidamos que una relación puede acompañar nuestro desarrollo personal, pero no sustituir la responsabilidad que tenemos sobre nuestra propia vida emocional.
En muchas parejas también aparece una peligrosa transformación del lenguaje. Aquello que al principio se decía con cuidado comienza a expresarse mediante sarcasmos, descalificaciones y bromas que solamente divierten a quien las pronuncia. “No aguantas nada”, “siempre exageras”, “contigo no se puede hablar”. La humillación puede instalarse disfrazada de confianza. Pero conocer profundamente a alguien no nos concede el derecho de utilizar sus inseguridades como herramientas durante una discusión.
Lo más preocupante es que estas conductas pueden normalizarse. La pareja sigue trabajando, pagando cuentas, criando hijos y asistiendo a reuniones familiares. Desde afuera parece funcionar. Sin embargo, emocionalmente comienza a desaparecer algo esencial: la sensación de ser un lugar seguro para el otro. Ya no se comparte una preocupación por miedo a recibir una crítica. Ya no se cuenta una alegría porque probablemente será minimizada. Ya no se busca cercanía porque resulta menos doloroso acostumbrarse a la distancia.
Echar a perder una relación puede ser sorprendentemente sencillo cuando dejamos de responsabilizarnos por la manera en que tratamos a quien tenemos cerca. No se necesita dejar de amar para comenzar a lastimar, pero el amor tampoco vuelve inofensivas nuestras conductas. Por eso, antes de preguntarnos por qué nuestra pareja ha cambiado, por qué ya no conversa o por qué parece emocionalmente distante, quizá deberíamos hacernos una pregunta más incómoda: si tu pareja tratara tus sentimientos, tus errores y tus necesidades exactamente como tú tratas los suyos, ¿seguirías queriendo permanecer en esa relación?
