Hay parejas que se aman y, sin embargo, parecen empeñadas en destruir su relación. Discuten durante horas por asuntos que podrían resolverse en minutos. Se lastiman con palabras que después lamentan, convierten cualquier diferencia en una batalla y pasan días sin hablarse esperando que el otro dé el primer paso. Lo curioso es que, cuando se les pregunta si todavía se aman, ambos responden que sí. Entonces surge una contradicción que pocas veces nos detenemos a examinar: si existe amor, ¿por qué resulta tan difícil tratarse con amor?
Una posible respuesta está en aquello que cotidianamente llamamos ego. No me refiero a la autoestima ni a la necesidad saludable de conservar nuestra identidad, sino a esa actitud defensiva que nos lleva a proteger nuestra imagen incluso a costa del vínculo. Es la necesidad de tener siempre la razón, de no parecer vulnerables, de ganar cada discusión y de conseguir que el otro reconozca primero su equivocación. En esas circunstancias, dejamos de preguntarnos qué necesita la relación y comenzamos a preocuparnos exclusivamente por quién tiene el control de la situación.
El ego aparece en frases aparentemente inofensivas: “yo no voy a buscarlo”, “si quiere hablar, que venga”, “no pienso pedir perdón porque también me lastimó”, “que se dé cuenta de lo que perdió”. Detrás de estas expresiones puede existir dolor legítimo, pero también una lucha por no quedar en una posición que interpretamos como debilidad. Preferimos prolongar el distanciamiento antes que correr el riesgo de acercarnos y no recibir la respuesta que esperamos. Así, dos personas pueden extrañarse profundamente y permanecer alejadas por el miedo a sentirse derrotadas.
Desde la psicología, muchas de estas reacciones pueden comprenderse como formas de proteger una autoestima vulnerable. Algunas personas aprendieron que equivocarse era motivo de humillación, que pedir perdón significaba perder autoridad o que mostrar tristeza equivalía a quedar indefensas. En la adultez llevan esas creencias a sus relaciones afectivas. Cuando su pareja señala algo que le duele, no escuchan una necesidad; perciben una acusación. Y en lugar de intentar comprender, se defienden, contraatacan o buscan demostrar que el otro también tiene defectos.
Una de las consecuencias más dañinas aparece cuando confundimos discutir con competir. La conversación deja de ser un espacio para comprender lo que sucede entre dos personas y se transforma en un juicio donde cada uno presenta pruebas a su favor. Se recuerdan errores antiguos, se exageran las fallas del otro y se minimizan las propias. Incluso cuando alguien consigue imponer su argumento, el resultado puede ser una relación más distante. Porque ganar una discusión no significa necesariamente haber resuelto el problema, y mucho menos haber cuidado a la persona que tenemos enfrente.
También existe un ego silencioso, menos evidente, que se esconde detrás de la incapacidad para reconocer el dolor ajeno. Es el de quien responde “estás exagerando” cuando su pareja expresa tristeza, el de quien necesita justificar inmediatamente sus acciones o el de quien cree que sus buenas intenciones deberían ser suficientes para cancelar cualquier consecuencia. Reconocer que lastimamos a alguien no significa aceptar que somos malas personas. Significa comprender que nuestras acciones pueden producir un daño incluso cuando no era nuestra intención provocarlo.
Por supuesto, dejar a un lado el orgullo no significa tolerar humillaciones, aceptar maltrato o asumir culpas que no nos corresponden. Hay relaciones donde establecer distancia es una forma necesaria de protección. Tampoco se trata de pedir perdón por todo para conservar a alguien. La madurez emocional consiste en distinguir entre defender nuestra dignidad y defender obstinadamente una posición. Podemos sostener un desacuerdo sin destruir al otro, reconocer un error sin perder valor y acercarnos después de un conflicto sin interpretar ese gesto como una derrota.
Tal vez uno de los mayores desafíos del amor adulto sea comprender que una relación no puede sostenerse cuando ambos necesitan ganar permanentemente. Amar no elimina nuestras heridas, inseguridades ni mecanismos de defensa, pero nos coloca frente a la responsabilidad de reconocerlos. A veces la relación no se está terminando porque haya desaparecido el afecto, sino porque ninguno está dispuesto a abandonar su trinchera. Y quizá la pregunta más incómoda no sea cuánto amas a tu pareja, sino esta: si mañana tu relación terminara, ¿podrías aceptar que no la perdiste por falta de amor, sino porque para ti fue más importante tener la razón que aprender a cuidar a quien decías amar?
