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Opinión

Juárez hoy: la vigencia de una República que no se rinde: Vicente Morales Pérez

*Pensar, decir y hacer: responsabilidad de la 4T.

Hay figuras históricas que se recuerdan en fechas cívicas y otras que atraviesan el tiempo como una presencia incómoda, exigente y vigente. Benito Juárez pertenece a estas últimas. No es un personaje concluido en los libros de historia; es una idea en permanente construcción que interpela, incluso hoy, el rumbo de México.

Nacido en la sierra de Oaxaca en 1806, Juárez encarna una ruptura profunda con el México de privilegios. Su origen indígena no fue un dato anecdótico, sino el símbolo de una transformación estructural: la llegada de quienes habían sido excluidos al centro mismo del poder. Su vida no fue la de un político convencional, sino la de un jurista que entendió que la ley podía ser el instrumento más poderoso para construir igualdad.

Y desde esa convicción, transformó al país.

Las Leyes de Reforma no solo reorganizaron instituciones; redefinieron el sentido del Estado. La separación entre Iglesia y poder civil, la afirmación de un orden laico y la consolidación de la igualdad jurídica marcaron el nacimiento de una República moderna. Juárez no negoció con los privilegios: los enfrentó. No administró el statu quo: lo desmontó.

Ese es, precisamente, el punto donde su legado se vuelve incómodo.

Porque México, aún hoy, sigue debatiéndose entre la consolidación de un Estado fuerte y la persistencia de intereses que buscan capturarlo. Las tensiones no han desaparecido, solo han cambiado de forma. Hoy no se trata de corporaciones religiosas, pero sí de poderes económicos, mediáticos y políticos que influyen en la vida pública.

En ese escenario, la Cuarta Transformación ha retomado una raíz claramente juarista: la idea de que el poder debe estar al servicio del pueblo y no de las élites. No como una consigna, sino como una reconfiguración del Estado. Así como en el siglo XIX se enfrentaron estructuras de dominación interna y externa, hoy se cuestionan modelos que durante décadas profundizaron la desigualdad.

La historia, en ese sentido, no se repite: se resignifica.

A nivel internacional, la vigencia de Juárez adquiere una dimensión aún más clara. En un mundo marcado por disputas geopolíticas, presiones económicas y reacomodos del poder global, la soberanía deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad estratégica. México, como nación, enfrenta decisiones que requieren firmeza y claridad de principios.

Y es ahí donde el pensamiento juarista vuelve a cobrar sentido. No como frase decorativa, sino como línea de acción: el respeto entre naciones, la autodeterminación y la defensa del interés nacional. Juárez lo sostuvo frente a la intervención extranjera; hoy, ese mismo principio se expresa en la capacidad de México para decidir su propio destino en un entorno complejo.

Pero su legado no es solo inspiración; también es exigencia.

Porque invocar a Juárez implica asumir una responsabilidad ética y política. Significa entender que la legalidad no puede ser selectiva, que la justicia no puede depender de intereses y que el poder debe ejercerse con austeridad y firmeza. Juárez no fue un político de discursos vacíos: fue un hombre que convirtió sus principios en acción.

Ahí radica su verdadera vigencia.

Hoy, México vive un momento definitorio. La disputa no es menor: se trata de decidir si el país consolida un proyecto de transformación con base en la justicia social y la soberanía, o si regresa a esquemas donde el poder se concentra y se negocia en función de intereses particulares.

En esa disyuntiva, Juárez no es neutral.

Su legado apunta con claridad hacia la República, hacia la ley y hacia la dignidad nacional. Por eso incomoda. Porque recordar a Juárez no es un acto ceremonial, es una toma de postura.

La pregunta, entonces, no es si debemos evocarlo, sino si estamos dispuestos a estar a la altura de lo que representa.

Porque la República —como él la defendió— no es una herencia garantizada. Es una tarea permanente.

Y en ese desafío, Juárez sigue siendo, más que un símbolo, una guía.

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