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Opinión

La culpa; la deuda que nunca terminamos de pagar: Dr. Alejandro Di Grazia

La culpa es una de las emociones más humanas y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de llevar. Todos la hemos experimentado alguna vez. Aparece cuando creemos haber hecho daño, cuando sentimos que fallamos a alguien o cuando pensamos que pudimos actuar de otra manera. En su justa medida, la culpa tiene una función importante: nos ayuda a revisar nuestras acciones y a reparar aquello que sea posible. El problema comienza cuando deja de ser una guía y se convierte en una condena.

Vivimos en una sociedad donde muchas personas cargan culpas que ya no corresponden al presente. Se sienten responsables por decisiones tomadas hace años, por relaciones que terminaron, por errores cometidos en la crianza de los hijos, por oportunidades perdidas o incluso por acontecimientos que nunca estuvieron bajo su control. La culpa deja entonces de estar relacionada con un hecho concreto y pasa a convertirse en una forma de mirar la propia vida.

Desde la psicología, es importante distinguir entre la culpa saludable y la culpa tóxica. La primera invita a asumir responsabilidades, aprender y reparar. La segunda mantiene a la persona atrapada en un diálogo interno donde ninguna explicación es suficiente y ningún esfuerzo parece alcanzar para sentirse en paz. En lugar de favorecer el crecimiento, alimenta el castigo permanente.

Muchas veces esa culpa ni siquiera nació en la adultez. Hay personas que crecieron sintiéndose responsables del bienestar emocional de sus padres, de los conflictos familiares o de situaciones que nunca les correspondió resolver. Con el paso de los años, esa forma de relacionarse con el mundo permanece activa. Se convierten en adultos que piden perdón por existir, que sienten culpa al poner límites o que experimentan malestar cada vez que priorizan sus propias necesidades.

Socialmente también reforzamos esta dinámica. Se admira a quien se sacrifica sin descanso, a quien siempre está disponible para los demás y a quien posterga sus propios deseos por cumplir con expectativas ajenas. En ese contexto, elegir por uno mismo puede vivirse como egoísmo y no como un acto legítimo de autocuidado. Así, la culpa deja de responder a principios éticos y comienza a sostener mandatos culturales.

Lo más paradójico es que muchas personas intentan pagar esa deuda invisible haciendo cada vez más por los demás. Ayudan, complacen, se sobreexigen y cargan responsabilidades que no les pertenecen. Sin embargo, la sensación de deber nunca desaparece, porque el problema no está en la cantidad de acciones realizadas, sino en la creencia profunda de que nunca serán suficientes para compensar aquello que sienten haber hecho mal.

Aceptar que todos cometemos errores no significa justificar nuestras acciones. Significa reconocer que la vida no puede vivirse mirando únicamente hacia atrás. Ningún ser humano puede cambiar el pasado, pero sí puede decidir qué hacer con él. Cuando la culpa deja de servir para aprender y solo se utiliza para castigarse, termina robando la posibilidad de vivir el presente con libertad.

Tal vez la pregunta más importante no sea de qué te sigues sintiendo culpable, sino cuánto tiempo más estás dispuesto a pagar una deuda que quizá ya saldaste hace años, pero que solo continúa existiendo porque tú mismo te niegas el derecho a dejar de castigarte.

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